Hoy salí con paraguas.

Me gusta vivir en una ciudad en la que llueve regularmente pero no frecuentemente. Me maravillo con lo distinto y los días de lluvia no escapan a esa regla. Cuando llueve se generan miles de escenas distintas en los escenarios de todos los días.

Disfruto encontrar que la plaza por la que paso todos los días no está llena de gente, que fugazmente la atraviesa una oficinista empapada que intenta inútilmente proteger su peinado con una carpeta, o algún despreocupado joven que actúa como si no se hubiese dado cuenta de que está lloviendo.

Detesto fundamentalmente a un grupo humano: los que usan paraguas, aunque debo reconocer que admiro a mi amigo Morei que utiliza una interesante técnica para abordar mujeres que consiste en salir con un paraguas grandote y “actitud Humphrey Bogart” a “rescatar” damas atrapadas por la lluvia.

Para no caer en un lugar común de la critica porque sí y porque hoy me desperté con ánimos de comprender me dispuse a realizar mi propia experiencia con el artefacto. Debo reconocer que los primeros metros no estuvieron tan mal, aunque me da un poco de vergüenza la salvación individual. Luego de un par de cuadras me di cuenta que por la oscilación de mis pies estaba mojado de la rodilla para abajo. No era mucho pero lo suficiente para alarmarme: la supuesta solución para la lluvia no estaba dando resultados. Comencé a intentarlo con pasos más cortos y prestando especial atención en no pisar charcos o baldosas flojas.

Lentamente fui absorbido por esa obsesión que consume a los usuarios de paraguas de no mojarse ni un ápice y me encontré con lo que fue un signo decisivo para la percepción de la metamoforfosis que estaba sufriendo: al cruzarme con un transeúnte desprovisto de paraguas amenacé con ir por el lado de la pared, dejándolo sin ninguna opción más que abandonar el resguardo del bacón, comportamiento muy habitual entre los usuarios de paraguas.

Debo confesar que no pude abandonar el paraguas hasta llegar a mi destino pero una vez que lo solté sentí como había sido poseído y comprendí: el problema no son los usuarios, los paraguas tienen alguna extraña maldición que domina a quien lo usa y lo conduce a comportamientos inesperados.

Digamos enfáticamente: No a los paraguas!

3 Dicen:

macedonio dijo...

Ahora dicen que nuestro amigo Moreira sedujo a la candida Mary Popins. Se ve que se olvido el paragua la muy boluda y nuestro emerito galán nunca desaprovecha.
Abrazo compañero y felicitaciones por el espacio. Es adictivo esto de los blogs.

Lucía Palachi dijo...

Hoy te lo olvidaste...
El otro día colgué imaginandote con el paraguas floreado y tu traje, caminando por plaza congreso.
Me costó frenar la risa

Instituto Roseti dijo...

El Instituto Roseti anuncia el comienzo de sus actividades, para más información visite http://institutoroseti.com.ar/.